¡No trates a otro como te gustaría que te traten!
¿Por qué tratar a los demás como ellos quieren ser tratados (y no como tú querrías)?
A todos nos han enseñado desde pequeños la famosa regla de oro: “Trata a los demás como te gustaría que te trataran a ti”. Suena bien, ¿verdad? Es una frase llena de buenas intenciones, un principio que parece guiarnos hacia el respeto y la empatía. Pero, ¿Qué pasa si te digo que esta regla, aunque bienintencionada, puede ser un poco limitante? ¿Y si, en lugar de eso, intentáramos tratar a los demás como ellos quieren ser tratados, y no como nosotros creemos que es correcto?
Piensa en esto: cada persona es un mundo. Lo que a ti te hace sentir amado, respetado o valorado puede no ser lo mismo que otra persona necesita. Por ejemplo, a ti quizás te encanta recibir palabras de aliento cuando estás pasando por un mal momento, pero tu amigo podría sentirse abrumado con demasiadas palabras y preferiría simplemente que lo acompañes en silencio. O tal vez a ti te gusta que te sorprendan con planes espontáneos, pero tu pareja valora más la estabilidad y la previsibilidad.
Aquí es donde entra en juego algo más profundo que la regla de oro: la empatía real. No se trata de proyectar nuestras propias necesidades sobre los demás, sino de tomar el tiempo para entender qué es lo que ellos necesitan. Es un ejercicio de humildad y curiosidad, donde dejamos de lado nuestras suposiciones y nos abrimos a escuchar, observar y preguntar.
¿Por qué es tan importante esto? Porque cuando tratamos a los demás desde nuestras propias expectativas, sin considerar sus deseos, podemos caer en algo que en psicología se llama proyección. Es decir, estamos viendo al otro a través de nuestro propio filtro, no como realmente es. Y aunque nuestras intenciones sean buenas, el resultado puede ser que la otra persona no se sienta realmente vista, escuchada o comprendida.
Tratar a los demás como ellos quieren ser tratados es un acto de respeto hacia su individualidad. Es reconocer que cada uno de nosotros tiene una historia, heridas, sueños y formas de sentir que son únicas. No se trata de adivinar lo que necesitan (porque eso sería imposible), sino de crear un espacio seguro donde puedan expresarse y donde nosotros estemos dispuestos a adaptarnos.
Claro, esto no significa que debamos dejar de lado nuestras propias necesidades o límites. Se trata de encontrar un equilibrio, un punto medio donde ambas partes se sientan valoradas. Al final, las relaciones más sanas y auténticas son aquellas en las que hay un diálogo constante, donde nos esforzamos por entender al otro sin perder de vista quiénes somos nosotros mismos.
Así que, la próxima vez que quieras hacer algo bueno por alguien, pregúntate: ¿Esto es lo que yo querría, o es lo que esta persona necesita? A veces, el mayor acto de amor es simplemente escuchar y dejar que el otro nos guíe hacia lo que realmente le hace bien.
Porque, al final, no se trata de tratar a los demás como tú querrías ser tratado, sino de tratarlos como ellos merecen ser tratados: con respeto, comprensión y un genuino interés por su bienestar.